El Dios en el que creo no desea el dolor innecesario. Un buen padre nunca querría que sus hijos e hijas sufrieran “porque sí”, ya que el dolor no es un bien en sí mismo.
Sigamos pensando en ese buen padre, que observa con agrado el esfuerzo de su hijo/a, quien madruga y se encierra para estudiar varias horas por día, ya que quiere recibirse. El orgullo de ese papá no radica en que su hijo se esfuerce inútilmente (en ese caso seguramente intentaría convencer a su hijo de que no siguiera adelante), sino en el sentido que tiene ese compromiso: su hijo tiene un sueño, y pone toda su energía en cumplirlo.
De la misma manera, según la metáfora más recurrente de Jesús para denominar a Dios (Abbá = padre), en el dolor absurdo no hay nada que pueda agradar a Dios. Sólo cuando tiene sentido en la búsqueda de felicidad de sus hijos/as, puede agradar a Dios el dolor.
Sin embargo, hay otras metáforas que los seres humanos hemos aplicado a Dios a lo largo de la historia. Desde el origen de este movimiento llamado cristianismo, aparecen variados intentos por comprender a Dios, buscando categorías comprensibles para la gente de cada época.
San Pablo, quien se presenta como un “buen alumno” del judaísmo (“fariseo e hijo de fariseos”, “instruido a los pies de Gamaliel”), atribuye a Jesús las categorías judías del sacrificio ofrecido a Dios por y para el pueblo. Sacrificio de animales que eran ofrecidos a Dios para purificar los pecados personales y comunitarios, a veces para agradecer, y otras veces para pedir.
Ya no son palomas ni bueyes ni corderos. Jesús viene a ser el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Su sangre derramada, las torturas recibidas en su Vía Crucis, su muerte, son -desde esta perspectiva- agradables al Padre, quien recibiendo este sacrificio de su propio Hijo, derrama sobre los creyentes el perdón y la salvación. Y este sacrificio es el definitivo: no hace falta ninguno más.
Esta metáfora entra en cortocircuito con la del Dios-Padre en espiritualidades que sostienen que el sufrimiento de Cristo requiere ser completado por el ser humano. No fue suficiente. Hace falta sufrir para unirse más a Él. No solamente mediante una mortificación pasiva, es decir, aceptando los sinsabores y desafíos de la vida, sino también a través de la mortificación activa, buscando intencionalmente el dolor: ayunos y abstinencias de todo tipo, golpes, heridas, humillaciones, etc.
En este marco ubicamos el riguroso “Purifíquese” de la temible “Madre Cecilia”, una persona totalmente dañada, una líder con rasgos sádicos, una demostración de que los psicópatas narcisistas pueden florecer en los ambientes más insospechados, siempre que exista un/a complementario/a.
“Acá Dios no está”, le dice a Clara su amiga Lucrecia. ¿Qué sentido tiene entregar nuestra vida a un Dios que no existe? Dejarnos rebajar, lastimarnos a nosotros mismos, aceptar el maltrato, dejarnos quitar la libertad, perder nuestra salud física y mental… ¿qué Dios podría querer esto para sus hijos/as? Y encima, bajo el pretexto de una presunta “vocación” de la que no podés escapar.
Y hablando de escapar, alguien me comentaba en estos días: “Estuvo en el monasterio catorce años… ¿cómo no se fue antes? Con todo lo que le pasó…” Pero no es tan fácil irse. No son sólo los muros, o las puertas con llave, o la incomunicación. Esos sistemas funcionan mediante sutiles mecanismos de manipulación, forjados a lo largo de siglos, que constituyen verdaderos abusos de conciencia (a veces también se manifiestan como abusos sexuales).
Irse es una traición. No sólo a ese supuesto Dios, sino a ese/a psicópata que te mantiene atado: irse lo expone y lo enloquece aún más. Pero irse es también un mensaje al resto de la comunidad de sometidos/as, un acto de soberanía y de reencuentro con el Dios de Jesús, el Dios que es amor. Irse es un testimonio valiente. Quedarás “del lado de afuera” del convento, pero “del lado de adentro” del amor de Jesús. Ese paso tiene un costo altísimo, pero a la larga vale la pena.
Cuántas ausencias hay en esta historia. Un obispo cercano que investigue y se juegue, un sistema de salud que denuncie a tiempo, una familia que se ocupe y no sólo se preocupe, un director/acompañante espiritual que oriente y advierta irregularidades, una Orden que prevea supervisión psicológica para sus monjas, un párroco que le abra los ojos a su gente… alguien que haga algo. En los años 2000, era vox populi en los ambientes clericales de Argentina lo que pasaba en el Carmelo de Nogoyá. Y nadie hacía nada, hasta que alguien hizo algo: denunciar.
El Dios en el que creo no desea el dolor innecesario. Y no estoy hablando sólo de monasterios. La imagen de las monjas flagelándose es simbólicamente una postal del ser humano actual, que se autoexplota a sí mismo a latigazos, creyendo que se está autorealizando: dietas, ayunos, gimnasios, cirugías estéticas, tratamientos de belleza, agendas desbordadas, consumos impagables, sobre exigencias agotadoras… ¿para qué?
Si te sentís preso/a en un sistema que te ha convencido de que el dolor en sí mismo es valioso, y le estás tributando reverentemente tu energía y tu tiempo… quizás necesites ayuda para salir de ahí.
Salir de ahí, y no morir en el intento.
Pablo Osow
Sacerdote, ahora padre de familia
Coach Ontológico Profesional (Senior)
Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación